2025-07-15 16:54:00

Por Juan Andrés Valencia Arbeláez

Julián García: el artista de fe que dibuja desde el corazón

El artista plástico Julián García, ilustrador, escultor y creador del blog @dibujosdecorazon.juliangarcia, ha construido en los últimos quince años una carrera artística que combina la técnica con la espiritualidad, la teología con la expresión visual y la fe con la crítica social. Su obra, que circula entre capillas, libros, redes sociales y espacios públicos, ha logrado tejer un lenguaje profundamente simbólico desde la iconografía cristiana y el arte sacro contemporáneo.

Desde los tres años, Julián llenaba blocks de dibujos: carros, vírgenes, escenas eclesiales y arquitecturas. Esa pasión infantil evolucionó con el tiempo, pasando por su experiencia como seminarista en el Seminario Mayor —del cual egresó en 2011— y por su formación en Ideartes, la UPB y finalmente en la Facultad de Artes Plásticas de Bellas Artes en Medellín. Allí, mientras cursaba la universidad, comenzó a trabajar como ilustrador y a vincularse con proyectos significativos que marcaron su camino profesional.

Uno de los más importantes fue su participación en el colectivo DODO Animación, con el que colaboró en la creación de tres cortometrajes: Islas, Cárcel y Niebla, los cuales fueron seleccionados en más de 70 festivales internacionales, incluyendo el Festival de Cannes. Luego vinieron trabajos con la Alcaldía de Medellín, ilustrando contenidos educativos del programa @Medellín y generando imagen para eventos de la Red CATUL, las casas de la cultura, las UVA y otros espacios públicos.

Sin embargo, es con su proyecto @dibujosdecorazon.juliangarcia que su obra ha alcanzado una identidad única. Allí publica catequesis ilustradas, reflexiones teológicas visuales y contenido profundamente simbólico desde la espiritualidad cristiana. “El arte también es un lenguaje del amor”, dice Julián, quien empezó regalando dibujos desde niño como forma de expresar afecto. Su vocación artística, explica, está inseparablemente unida a su vocación evangelizadora.

Julián no trabaja desde un taller fijo: puede dibujar en una terraza, una capilla, un centro comercial o el comedor de su casa. Pero su obra se ha instalado en múltiples lugares. Su primer trabajo en gran formato cuelga del techo de la sacristía de la parroquia El Calvario, declarada monumento nacional, y desde entonces ha creado piezas como La Tormenta (5,40 x 2,40 m), y un tríptico de San José en una diócesis de Massachusetts, una de sus experiencias más significativas a nivel humano y espiritual.

El proceso creativo de García inicia con una oración: “Espíritu, yo no soy capaz”, cuenta entre risas. Luego lee, investiga y bocetea. Su método no se limita a la estética: cada obra pone en diálogo lo simbólico con lo teológico, lo social con lo humano, el espacio con la composición. “Un arte que no dice nada es un arte muerto”, afirma con contundencia.

Ese compromiso también se manifiesta en su perspectiva crítica sobre la exclusión y la injusticia. Para él, el mensaje del Evangelio no puede separarse de la realidad de los excluidos. “Jesús tuvo una opción preferencial por los pobres, y anunciarlo sin denunciar el dolor social es tergiversar su mensaje”, explica. En su obra, el Cristo crucificado es a la vez teológico y político, y el arte sacro es también denuncia, memoria y consuelo.

Uno de los hitos más comentados de su trayectoria ha sido su participación como ilustrador del Misal Romano para Colombia, un proyecto que asumió con la convicción de representar un Jesús más cercano a nuestra cultura, con colores, flora y formas propias de nuestra tierra. Si bien algunas personas reaccionaron con incomodidad, Julián defiende la inculturación, en línea con el espíritu del Concilio Vaticano II: “Jesús es universal, y eso significa también hacerlo nuestro desde la imagen y el arte”.

Además de su trabajo en el arte sacro, ha sido ilustrador de libros infantiles, otra faceta de su carrera que conecta con su pasión por comunicar desde la ternura y la pedagogía visual. Aunque sueña con tener algún día un taller propio, no lo ve como una urgencia: “Lo esencial ya está”, afirma. Su mayor felicidad, dice, fue ver instalada la escultura del “Cristo de la Entrega” en su parroquia, una imagen que resume su visión: un Cristo que acompaña todas las etapas de la pasión humana.

Para Julián, el arte no es un oficio sino una vocación: “Cuando se deja lo esencial, se muere la vida”. Su legado, insiste, ya está en marcha: una obra constante, comprometida y profundamente inspiradora que busca devolver el color, el sentido y la profundidad teológica al arte religioso. “Mi expectativa es seguir haciendo lo que amo, vivir de ello con dignidad y dejar un legado que inspire a otros a encontrar fe, belleza y verdad en el arte”.