2025-03-31 19:19:15
Testigo Oculto
Sé que sabes, lector, que todos cometemos errores; sin embargo, no tienes la capacidad de juzgar lo que los otros hacen, porque, así como los pecados de otros pueden ser cuestionables, los tuyos pueden ser aún peores. Recuerda que este mundo está lleno de culpables.
Barcelona, 27 de marzo de 1984.
Querido amigo Frank, espero que te encuentres bien.
Te escribo esta carta primero que todo para saludarte, para saber cómo va tu vida. Realmente anhelo que la salud de tu hija María esté mejorando y que el proceso de divorcio con Cristina marche de la mejor manera; lo segundo, es para contarte que por fin conseguí trabajo en un restaurante que queda a dos cuadras de mi casa, aunque no puedo dormir mucho, me conformo con los 20 euros que me pagan al mes, estos me alcanzan para alimentarme, pagar la renta, pagar los servicios y para comprar las pastillas antidepresivas que tengo que tomarme después de la muerte de mi madre. Hablando de ella, nada ha sido fácil después de su muerte, tengo pesadillas constantemente y siento su presencia en cada rincón de la casa, me asusta pensar que su alma todavía está conmigo; no obstante, tengo que aprender a vivir sin ella y con el dolor que causó su partida. Yo sé que te mantienes muy ocupado con tu trabajo y con lo del divorcio, pero espero que puedas responder mi carta. Necesito un amigo con quien hablar, la soledad me está enloqueciendo.
Con cariño, tu amigo Samuel.
Bilbao, 7 de abril de 1984.
Amigo Samuel, he recibido tu carta el día después de que la escribiste, solo que apenas tengo tiempo para responderte.
Te cuento que todo marcha con normalidad, María ya se encuentra bien de salud y Cristina por fin aceptó firmar el divorcio, ya solo queda comprar algunas cosas para mi nuevo apartamento. También me place contarte que me ascendieron en el trabajo, ahora soy el jefe de la estación de policía y me pagarán 80 euros al mes, suficiente como para darme algunos lujos. Por otro lado, me enteré de lo de la muerte de tu madre, en serio lo lamento profundamente, lo que me parece extraño es que no me hayas invitado al sepelio, igual, supongo que tendrás tus motivos.
Sabes que, aunque viva a 6 horas de tu casa, puedes contar conmigo para lo que sea. Recibiré cada una de tus cartas, las leeré atentamente y las responderé.
Me alegra saludarte. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.
Atentamente, Frank.
Barcelona, 8 de abril de 1984.
Te agradezco que me hayas respondido la carta, no pensé que lo hicieras debido a que tu agenda es muy ocupada. Me alegra que María este bien y que lo del divorcio se haya solucionado.
Como te contaba, la muerte de mi madre no ha sido nada fácil, además, respecto a eso tengo que confesarte algo, algo que me tiene perturbado y me mortifica la mente, sin embargo, me gustaría contarte en persona. ¿Te parece si nos vemos este fin de semana en el mismo bar que nos veíamos cuando éramos jóvenes?
Quedo atento a tu respuesta.
Samuel.
Bilbao, 18 de abril de 1984.
Samuel, amigo, de nuevo me disculpo por demorarme en responder tu carta, pero apenas me da el tiempo, tenía varios asuntos pendientes que resolver.
¡Por supuesto que me encantaría hablar contigo en persona! En 15 días iré a visitarte. Yo también tengo algo muy importante que contarte.
Ansío por volver a aquel bar al que tanto íbamos.
Frank.
— Gracias por haberme aceptado la invitación.
— No hay de qué amigo.
— Cuéntame que ha sido de tu vida, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hablamos, y lo último que supe fue de lo del divorcio.
— Pues sí, resulta que vi a Cristina con otro hombre y yo no soy de los que perdona una infidelidad, así que le pedí el divorcio, aunque ha sido un proceso largo, ha sido la mejor decisión que pude haber tomado. Ahora solo queda luchar por la custodia total de María, no puedo permitir que viva con su madre y con ese desconocido.
— Yo te advertí que no te casaras, te lo dije después de haberme separado de Silvia.
— Sí, lo sé, pero bueno… Más bien cuéntame que ha sido de tu vida.
— Hombre pues desde que murió mi madre, mi vida cambió completamente, ahora escasamente me alcanza para subsistir y estoy más solo que nunca.
— Mmm, te entiendo, pero cuéntame ¿De que murió tu madre? Ella era una mujer muy sana.
— De eso quería hablarte, tengo que confesarte algo…Yo…
— Ya sé que tu fuiste el que mató a tu madre.
— ¡¿Qué?! ¿Cómo diablos sabes eso?
— Yo lo vi todo.
— ¿Cómo así que lo viste todo? ¿Tú no estabas en Bilbao?
— Ese día no, precisamente ese 14 de febrero, venía a visitarte de sorpresa, cuando el sorprendido terminé siendo yo. Eran las 3:30 p. m., venía conduciendo en el auto escuchando la radio, cuando, al estar a pocos metros de tu casa, vi que estabas en el jardín bastante alterado y observé que estabas haciendo un agujero enorme con una pala no muy grande, por lo que te costó el doble de esfuerzo hacer el boquete, seguidamente, vi que sacaste un cuerpo envuelto en unas sábanas llenas de sangre, de inmediato supe que era una persona por la forma que tenía, así mismo, como te costaba cargarlo, debiste arrastrarlo hasta el agujero, donde procediste a tirarlo sin ninguna simpatía. Yo estaba completamente sorprendido con lo que estaba viendo, pero más aterrado quedé cuando me di cuenta de que la persona que estabas enterrando, era tu madre.
— ¿Cómo supiste que era mi madre?
— Lastimosamente, no tapaste bien el cuerpo y alcancé a ver un mechón de su cabello rubio, además también vi una parte de su mano, en donde, observando detenidamente, me consterné al comprobar que en el dedo índice tenía un anillo de oro, en ese instante, recordé que era el anillo que tú le habías regalado en su cumpleaños número setenta. Yo estaba consternado por lo que estaban viendo mis ojos, por un momento, mi corazón se quiso aferrar a la idea de que no eras tú, sin embargo, mi razón y mi mente me llevaron la contraria, definitivamente la persona que estaba enfrente mío era Samuel, mi mejor amigo era la persona que había acabado de matar a alguien, y yo, estaba ahí, con mi placa de policía totalmente consternado por lo que estaba presenciando.
— Nadie entenderá las razones del por qué lo hice, ni siquiera yo mismo las entiendo, ahora, tengo que vivir eternamente con la duda y con la culpa.
— Siempre tenemos motivos para cometer nuestras acciones, por eso, después de mucho meditarlo, decidí que debía arrestarte, además tengo las pruebas necesarias para presentar cargos en tu contra, así que en este momento quedas bajo arresto por el asesinato de Marta González.
— ¿Qué pruebas tienes?
— Tomé fotografías desde que sacaste el cuerpo de tu casa hasta que lo enterraste en ese hueco. Estoy seguro de que el cuerpo sigue ahí bajo tierra. ¿Te atreves a declararte inocente?
— No. Ya sé lo que sigue… Poner mis manos detrás de mi espalda.
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