2025-05-02 13:31:00
7 corazones en la batalla: El legado de una madre
Cerrando la puerta de su hogar con su brazo arrugado y tembloroso, no le queda ni la luz de su nombre, todo a costa de su amor, sin sentir su cuerpo, se dirige al dormitorio de sus amores, tomando asiento en un colchón maltrecho, Simona de la luz Duque de Alzate le da la bienvenida a el vacío de la ausencia y en un suspiró de valentía despide todo lo que más amo.
En las tierras de Marinilla, Antioquia, donde el eco de la libertad resonaba entre los valles del extenso cantón de la Esparta colombiana (Iba desde lo que hoy es Mariquita hasta el Rio Magdalena), vivía una mujer cuyo coraje desafiaba las sombras de la opresión. Entre la humildad digna y la ausencia de la abundancia, se encontraba una mirada firme y unas manos curtidas por el trabajo de la tierra, era mucho más que una campesina del común; era el alma valiente que sostenía los cimientos de la lucha por la independencia de su amada Colombia.
Su apellido se entrelazaba con la historia de su tierra natal. Desde su humilde hogar, Simona se erigía como un faro de esperanza y determinación en medio de tiempos turbulentos. Empero brillaria aún más al conocer el amor de José Antonio Alzate.
A esté le brotaba la valentía, dedicación y esfuerzo por aquellas cicatices en su piel a raiz sus laboriosas jornadas bajo el tirano sol. Con tan sólo 14 años Simona Duque tuvo la bendición de sus padres para consolidar su amor.
-Un ultimo esfuerzo, es usted muy valiente- asentaba la joven del vestido blanco.
-Este me ha constado mucho más que los otros- suspiro Simona con fuerza, la cama de escasas 5 tablas parecia quebrar, los gritos de doña Simona derrumbaban la estabilidad de su casa.
-Ahí viene- entre la sonrisa y una lagrima de doña simona, la partera recibe a su octavo hijo, José María.
-Solo espero con ansias mi recuperación, necesito brindarle ayuda a mi amado José Antonio, para el sustento de nuestra familia- exclamo Simona con un cansancio latente.
Asentada la noche se escuchan 3 toques en la puerta de doña simona, al abrir, una sotana negra que cae sobre los pies y una linea blanca en el cuello acompañada de la expresión “Padre”, reafirman la figura, con su sobrero en mano y sus escasos 40 cabellos blancos, abre su garganta en un tono bajo y lamentoso -Antonio Alzate ha muerto en manos de los Españoles- deshaciendo sus pasos se vuelve a perder entre la penumbra de la oscuridad.
Simona cambia su sonrisa de vida por lagrimas de muerte y en un respiro valeroso, contiene sus gritos de lamento al mirar atrás y ver a sus hijos dormir, por medio de una pequeña ventana que reposaba entre el corredor y el dormitorio, en compañia del silencio tranquilizante de la noche se perdio el llanto encendido que reflejaba la perdida de su primer amor.
En una noche de invierno el incalmable viento hacía resonar las ventanas de madera, algunas gotas de agua se escapan entre alguna rendijas, con sus ocho hijos reunidos en su morada y la despensa vacia, el corazón angustiado de doña Simona se estremecia.
Ella, con el relicario de su difunto esposo en mano, se dirigió a sus hijos con firmeza, su mirada cargada de determinación y preocupación. -Hijos míos- comenzó con voz entrecortada por la nostalgia -esta noche carecemos de sustento, mas no temáis, hallaré una solución-
Antonio María, Manuel, Andrés, Francisco, José María, Juan Nepomuceno, Salvador y María Antonia, con la inocencia algunos por su propia edad, asintieron, sin comprender del todo la gravedad de la situación.
Francisco, su segundo hijo, tomó la mano de su madre con preocupación.
-¿Pero cómo, madre? ¿Qué haremos?-
Simona le sonrió con ternura antes de responder. -Confía en mí, Francisco. Encontraré una solución, como siempre lo hago-
Decidida, Simona se encaminó hacia el único comercio del pueblo, con prudencia y sigilo avanzo por las calles de pieda de su pueblo Marinilla, evitando ser vista por los españoles, en un lateral de la iglesia encontro toco una vieja puerta de madera donde encontro al dueño, Don Emilio. Con el relicario como su única posesión de valor, Simona rogó al comerciante que lo aceptara como pago por algo de alimento para sus hijos.
Conmovido por la valentía y sacrificio de Doña Simona, Don Emilio aceptó el trueque y le proporcionó lo necesario para alimentar a su familia esa noche.
Al regresar a casa, los niños observaron a su madre con admiración, mientras ella les brindaba una mesa servida con un modesto pero reconfortante plato de comida. Andrés, el mayor de los hijos, le expresó con inmensa gratitud -Gracias, madre, por velar por nosotros y sacrificarte en nuestro nombre-
Simona abrazó a sus hijos con ternura, sintiendo en su corazón que, a pesar de las adversidades, el amor y la unión eran su mayor fortaleza. Esa noche, en la humilde vivienda de Marinilla, Simona Duque demostró una vez más su valentía y amor incondicional por sus hijos, dejando un legado de sacrificio y entrega.
Arar la tierra era la tradición y el legado de la familia de Simona, misma que llevo por años su difunto esposo Antonio, todos sus hijos trabajaban la huerta para conseguir su sustento.
Cierto día, cultivando la tierra con esmero y dedicación, mientras el sol doraba los sembrados y el viento susurraba entre los árboles, la armonía de la naturaleza parecía envolverlos en un manto de paz y tranquilidad.
De repente, un eco lejano perturbó la serenidad del momento, un estruendo que resonaba en el horizonte y que traía consigo el eco de la discordia y la violencia. Andrés y Francisco percatados de lo que venia y alertados por el inminente peligro, dejaron sus herramientas a un lado y se miraron con gesto preocupado, sabiendo que debían actuar con prontitud y decisión.
Sin mediar palabra, reunieron a sus hermano, para emprender la corrida a través de los surcos y senderos, con el corazón latiendo con fuerza. El ruido de los cascos de los caballos y el estrépito de las armas resonaban cada vez más cerca, anunciando la llegada del un pelotón de la Corona Española.
Con rapidez y destreza, los hijos de Simona entraron en casa y cerraron con firmeza las puertas y ventanas, preparados para enfrentar lo que fuera necesario y proteger su hogar. En medio del silencio tenso que se cernía sobre la morada, se aferraron unos a otros, con la esperanza de que la tormenta de conflicto pasara pronto.
La madre de los Jovenes y niños atemorizada, se encontraba en una casa aledaña, reunida con varias mujeres que discutían sobre la gran opresión e injusticia por la que pasaban, aferrada a la puerta principal, no logro salir ante el fulminante sonido del pelotón, aferrada a un escapulario que cargaba en el bolsillo de su negro vestido cubierto, pasaban los pensamiento más temibles de su existencia, tras un momento de incertidumbre y el declive del estruendo, salio corriendo con el corazón en la mano, encontrandose con la tranquilidad de que sus niños, se encontraban protegidos bajo las camas del dormitorio.
La llegada del General Córdova a Marinilla se anunció con el estrépito de los tambores y el clamor de los hombres en armas. Desde las primeras horas del alba, los habitantes del pueblo se agolpaban en las calles, observando con esperanza y expectación la llegada del respetado líder militar revolucionario. Simona, con el corazón latiendo con fuerza en el pecho, observaba desde la puerta de su humilde casa el desfile de soldados que avanzaban por las polvorientas y pedregosas calles de Marinilla. Sabía que la presencia del General Córdova significaba una oportunidad para aquellos que anhelaban la libertad y la independencia de su amada patria.
Al cabo de un rato, Simona se encontró cara a cara con el General Córdova, quien la miraba con respeto y determinación.
-¿Y tú quién eres, valiente mujer?- preguntó el General, con una voz que reflejaba su admiración por el coraje de Simona.
-Soy Simona Duque, una simple campesina de estas tierras- respondió Simona, con humildad pero sin dejar de mostrar su determinación.
-¿Y qué haces aquí, Simona Duque? ¿Acaso no sabes que estamos en plena lucha por la libertad de nuestra amada patria?- preguntó el General, con un brillo de esperanza en los ojos.
Simona tragó saliva, consciente de la difícil situación en la que se encontraba. Sabía que el General Córdova estaba reclutando hombres para unirse a la lucha por la independencia, y que su presencia significaba una oportunidad para contribuir al cambio que tanto anhelaba.
-Señor, le ruego que me escuche - comenzó Simona, luchando por mantener la calma.
-Soy viuda y madre de ocho hijos. No tengo a nadie más que a ellos para ayudarme. Pero estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario por la libertad de nuestra patria.
El General Córdova la miró con admiración y comprensión, reconociendo el sacrificio que Simona estaba dispuesta a hacer por la causa.
Con la velocidad que su avanzada edad le permitia, fue hasta su casa para traer a sus 7 varones, el menor José María de 15 años de edad, sin saber a donde se dirigia se lleno de vallentia y dando la mano a su madre con la confianza que esta le inspiraba, le acompaño sin dudarlo.
-General he aquí mis joyas- esté será el aporte que mi humildad brinde a la libertad de la patria, en un gesto de valentia y con el pecho ardiente, simona besa a cada uno de sus hijos en la mejilla, entre -Dios los acompañe- -Honrren la patria- - Honrren a su madre- les despidio y con las ultimas fuerzas que su valentia inalcanzable le brindaban retorno su camino.
Cerrando la puerta de su hogar con su brazo arrugado y tembloroso, no le queda ni la luz de su nombre, todo a costa de su amor, sin sentir su cuerpo, se dirige al dormitorio de sus amores, tomando asiento en un colchón maltrecho, Simona de la luz Duque de Alzate le da la bienvenida a el vacío de la ausencia y en un suspiró de valentía despide todo lo que más amo.
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